domingo, 30 de diciembre de 2007

Se me fue el baifo

Siempre me había preguntado qué efecto podrían tener nuestras palabras y expresiones si eran pronunciadas en un entorno completamente ajeno a las Islas. No me refiero a palabras como “papa”, “mojo”, “guagua” o, incluso, “chicharrero”, que ya son muy conocidas fuera de Canarias, sino a esas otras expresiones que, siendo propias de las Islas, utilizamos de forma totalmente inconsciente y natural. Desde que vivo en Madrid lo sé.

Confesaré que, muchas veces, para evitar tener que dar explicaciones que me hagan perder tiempo o parecer un pesado, dejo de utilizar la palabra canaria y digo directamente la castellana. Por ejemplo, en la cafetería donde suelo tomar el café de media mañana, si quieres un cortado largo, tienes que pedir un café con leche. Si quieres un café con leche, en una taza, pide un desayuno. Con “cortado con condensada” o “leche y leche”, mejor ni lo intentamos.

Tengo una amiga, chicharrera para más señas, que tiene más de un problema con esta cuestión. Cuando llega a la cafetería, siempre pide un jugo de naranja. La entienden perfectamente, pero un día llegó fañosa y nadie sabía qué quería decir con “estar fañosa”. Tuve que traducirla. No quiero imaginarme qué ocurrirá si alguna vez ponen en el menú crema de calabacinos y dice que los bubangos están muy buenos.

De cualquier modo, hay palabras a las que no se renuncia. Yo seguiré comprando papas y cogiendo la guagua, sobre todo porque pillar el bus me parece de pijos. A otro tipo de expresiones ya no es que no se renuncie, es que es imposible hacerlo. De hecho, acaban expandiendose. Cuando algo te sorprende, lo primero que dices, sin pensarlo, es “ñoss” -con S, señores de Hiperdino,- y siempre tienes a tus “niños” y “niñas” o “chachos” y “chachas” en la boca.

Sin embargo, lo más curioso que me ha pasado hasta ahora es pegar una de nuestras expresiones a una amiga gallega, Alba. Al llegar a Madrid, supongo que por tener que adaptarme a vivir en un nuevo entorno, bastante lejos y distinto del habitual, solía tener la cabeza en más de un sitio. La conclusión práctica era que a cada momento se me iba el baifo. Y tanto se me iba, que acabé por contagiarle la expresión. Lo gracioso viene cuando, un día, se encuentra con una profesora, también canaria, que tenía que decirle algo, pero no lo recordaba. Así que Alba le dijo: “se te fue el baifo”.

La profesora se quedó asombrada. La verdad es que no sé si recordaría lo que le tenía que decir. Como premio, en uno de mis saltos a casa, compré una camiseta con esa frase y se la regalé por su cumpleaños. A partir de ahora, también ella tendrá que explicar en Galicia qué es que se te vaya el baifo. Y lo que es un baifo, claro.

Parece que, finalmente, la primavera ha llegado a Madrid. Por fin voy a poder llevar bien visible una camiseta que me regalaron por mi cumpleaños y que dice “el conejo me riscó la perra”. Lo cierto es que ya la he llevado puesta y puedo garantizar que te convierte en el centro de atención. No descarto, cuando vaya a casa, el mes que viene, comprar un par más. Apuesto por “arráyate un millo”, pero se admiten sugerencias.

Un canario en Madrid

Un punto de vista periférico desde la centralidad

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